Educación Sexual de Padres y Madres a Hijos


¿Hablamos abiertamente de sexualidad?

Referirnos a la sexualidad infantil y sexualidad adolescente aún en nuestros tiempos, moviliza actitudes encontradas con pensamientos cargados de incertidumbre e incluso negación por parte de padres, madres, ya que durante mucho tiempo se percibió a los niños y niñas como seres asexuales hasta llegada la pubertad o entrada en la adolescencia, cuando en efecto es más cómodo reconocer tal expresividad. Afortunadamente, hoy día, la sexología nos ha liberado de la ignorancia sostenida por el tabú, favoreciendo el desarrollo de una mayor comprensión de la sexualidad como parte fundamental de nuestra personalidad e integrada por la tríada bio-psico-social que resulta de la interacción naturaleza-ambiente. 

Naturaleza, que nos permite nacer con un cuerpo sexuado, con unas cualidades biológicas que intervinieron en su desarrollo (cromosomas, genes, gónadas, hormonas, células, estructuras) y, con unos órganos genitales (morfología genital), que tienen una función (actividad sexual). En síntesis, el sexo que nos diferencia (varón hembra - intersexual).

Género

Ambiente, que nos posibilita construir la identidad de género (yo soy: hombre - mujer - transgénero - transexual), en virtud de la interacción e interdependencia de factores socioculturales y cualidades psicológicas, que mediarán en la vivencia y valoración de nuestra sexualidad. Asimismo, en la conformación de la expresión de género (femenina - masculina - andrógina).

Como resultado, manifestaremos nuestra potencialidad sexual, a través de un patrón de expresión fenotípico (género), es decir, diversidad y variabilidad de expresiones: palabras, miradas, gestos y/o conductas; identificándonos o no con nuestra morfología genital, a gusto o no con dicho patrón y de acuerdo o no con lo socioculturalmente señalado (Bianco y Colaboradores, 2014). Asimismo, mediante una orientación sexual  o función sexual diversa (heterosexual - homosexual - bisexual), referida a nuestra capacidad de organizar de forma compleja erotismo, vínculo emocional y actividad sexual; experimentando una profunda atracción emocional, afectiva y sexual por una pareja de distinto, igual o ambos sexos y/o géneros (Naciones Unidas, 2013).

Entre el “Ser” y el “Deber Ser” se ha venido posicionando el “Saber”, a través de una “Educación Sexual” la mayoría de las veces poco planeada pero transmitida de generación en generación, principalmente desde la entidad familiar y las instituciones educativas. Claro está, con una larga historia de desconocimiento, falsas creencias, temor y vergüenza que durante mucho tiempo han sido base de desaciertos con las cuales, nuestros padres, madres, cuidadores y docentes, nos educaron con sus propias limitaciones. Igualmente nosotros/as en la actualidad a pesar de no estar atentos/as, proporcionamos educación sexual, cargada de lo que aprendimos a pensar, sentir y hacer o dejar de hacer en torno a la sexualidad propia y ajena.

¿Cómo ha sido la educación sexual ofrecida a niños, niñas y adolescentes?SexualidadInfantil

Por costumbre, desde que una criatura nace, hemos repetido automáticamente lo aprendido, mediante los regalos que le hacemos, la manera como le vestimos y le hablamos. De esta forma, durante la infancia “hemos convertido en opuestos a los sexos”, marcando una diferencia insalvable entre lo que esperamos como normal en los varones y en las hembras. Colores vestimenta, juguetes, deportes y expresión de emociones se asumen como garantes de tal normalidad: azul versus rosado; carros-pistolas versus muñecas-cocinas; fútbol-kárate versus gimnasia-danza, y un largo etcétera de estereotipos sostenidos por la ideología patriarcal (sexista o machista). Cuán familiar resultan las expresiones: “sea fuerte… los niños no lloran”, “no sea mamita… golpee a ese otro niño, hágase respetar” versus “venga para consolarla, pobrecitas las niñas siempre más débiles, “cuide su vestido y sus modales para que se vea bonita y la quieran”.

Adolescente

También por costumbre, luego cuando el chico o chica muestra cambios físicos producto de su desarrollo sexual, hemos igualmente repetido lo asumido como correcto, mediante la manera como les guiamos, las prohibiciones y las exigencias que les hacemos. De tal forma, durante la adolescencia “hemos convertido las diferencias en desigualdades”, afianzando la oposición entre ellos y ellas. La doble moral sexual y las expectativas rígidas sobre las decisiones domésticas, profesionales, ocupacionales, recreativas, de noviazgo y de apariencia física, se soportan bajo el concepto de lo normal para la sociedad. Cuán familiar resultan las expresiones: “cocinar y decorar es tema de mujeres” versus  “carros y deportes es asunto de hombres”; “los jovencitos son de la calle, ya deben tener relaciones sexuales” versus “las jovencitas son de su casa, deben conservar su virginidad hasta casarse”; “los hombres quieren sexo” versus “las mujeres quieren amor”. 

Desaciertos como éstos, han resultado muchas veces desencadenantes de violencia de género y acoso discriminatorio debido a machismo y homofobia: cuando las chicas no son “suficientemente féminas” (delicadas, calladas, pasivas) y los chicos no son “suficientemente machos” (fuertes, rudos, activos) ó, cuando las chicas son "marimachas" y los chicos son "amanerados”. 

¿Cómo fue la educación sexual recibida cuando éramos niños, niñas o adolescentes? 

Es interesante atreverse a desenmascarar la influencia de los mensajes recibidos en el aprendizaje de nuestra sexualidad y su influencia en la salud afectivo-sexual. ¿Cómo fue en el hogar la vivencia de nuestra sexualidad infanto-juvenil? Respondamos con honestidad el siguiente Test de Efectividad Educativa Sexual (Guzmán, 2014): 

  1. ¿El grado en que mi madre/padre expresaban su feminidad/masculinidad de forma machista era: bajo o alto?
  2. ¿Las expresiones afectivas/eróticas de pareja entre mi madre y mi padre eran: abiertas o escondidas?
  3. ¿La frecuencia con la cual mi madre/padre me hablaron de sexo y sexualidad fue: alta o baja?
  4. ¿El grado de libertad que tenía para expresar mis inquietudes sexuales era: alto o bajo? 
  5. ¿Mi madre/padre respondían a mis inquietudes sexuales con: naturalidad, hostilidad o vergüenza?
  6. ¿Ya siendo adulto/a, puedo dialogar sobre temas sexuales con mi madre y mi padre con: comodidad o incomodidad?
  7. ¿Ya siendo adulto/a, puedo dialogar sobre temas sexuales con mi pareja con: comodidad o incomodidad?
  8. ¿Ya siendo adulto/a, puedo dialogar sobre temas sexuales con mis amistades con: comodidad o incomodidad?
  9. ¿Ya siendo madre/padre, respondo a las inquietudes sexuales de mi hijo/a con: naturalidad, hostilidad o vergüenza?
  10. ¿Ya siendo madre/padre puedo hablar sobre temas sexuales con otras/as madres/padres con: comodidad o incomodidad?
Las reflexiones sobre las respuestas ofrecidas permiten detectar mayores fortalezas o debilidades de la educación sexual recibida, a favor o en contra de nuestra concepción positiva de la sexualidad. Si como resultado encontramos más debilidades por venir de una crianza con una educación sexual negativa o pobre; podemos motivarnos a comprender (sin juzgar) a nuestros adultos/as significantes, aceptando que actuaron en consonancia con lo que les enseñaron en su propia crianza. Tal como han hecho muchos padres, madres y docentes en la actualidad, cuando han reconocido la limitación educativa afectivo-sexual que reinó en su familia durante su crecimiento, y han buscado apoyo profesional para reconstruir su enfoque de la sexualidad, evolucionando y rearmando sus guiones de vidas con  bienestar psicológico.

Analizando un caso real:
“Cuando me di permiso de revisar las experiencias de mi padre y mi madre, descubrí por qué ella me prohibía desde niña enamorarme o dejarme tocar en mis partes íntimas de ningún varón… ella había desobedecido la misma prohibición de mi abuela y teniendo sólo 13 años había quedado embarazada sin desearlo, por ello había truncado sus sueños de estudiar y salir adelante… sólo le quedó conformarse con que les casaran y repetir el papel de todas las mujeres de la familia… atenderlo, atendernos; era un buen padre, nunca nos faltó nada. Sin embargo, si nos faltó cariño de padre, él era muy seco. Sin embargo si nos faltó confianza, nunca me atreví a contar mis cosas personales. Sin embargo, si les faltó amor de pareja, jamás les vi abrazarse o besarse. Sin embargo, ambos sufrieron, ella sin amor ni sexo por hastío, él sin amor ni sexo por rechazo de ella, aunque por supuesto con desahogos en la calle, como todos los hombres”.

La anterior descripción ilustra las reflexiones de una mujer de 30 años, después de varias sesiones de psicoterapia, a la cual acudió por sentimientos de soledad y actitud defensiva ante los hombres. No imaginaba cómo permitirse una relación sexual. Aquella “parte íntima” había sido de alguna forma anulada. Su manera de brindar afecto era mediante el elogio social o “buena nota” al buen desempeño académico de sus estudiantes. Trabajaba como docente de educación primaria y reconociendo sus inseguridades en el tema sexual, recurría a la invitación de especialistas, para facilitar las charlas de desarrollo sexual a sus alumnos/as. 

Poco a poco se fue empoderando, apoyada con estrategias de regulación emocional, fortalecimiento de su autoestima, entrenamiento en comunicación asertiva, perfeccionamiento en conocimientos sexuales y prácticas  reforzadas. Logró ser facilitadora de conversatorios de sexualidad básica con sus estudiantes. También logró fomentar y guiar diálogos de mejoramiento del clima familiar nuclear, con oportunidades de crecimiento para el padre, la madre y los hermanos menores. Además, pudo visualizarse crecer en el área de pareja desde el diseño de un proyecto de permiso para el afecto y la actividad sexual: Su actitud defensiva ante los hombres, comenzó a perder fuerza.  

Como en el caso de la paciente, muchos adultos/as hemos crecido bajo “paradigmas sexistas” que han coartado las saludables relaciones interpersonales entre mujeres y hombres, porque lamentablemente hemos sido parte de una educación sexual domesticadora de conflictos. 

¿En qué posición nos encontramos ahora para brindar una mejor educación sexual?

Para brindar una Educación Sexual Positiva que genere valor a la salud sexual integral de nuestros hijos, hijas y alumnos/as, es importante primero evaluar ¿Cómo es la vivencia de nuestra sexualidad como adultos/as?. Respondamos con honestidad el siguiente Test de Bienestar Sexual General (Guzmán, 2014): 

  1. ¿El grado en que acepto mi sexo biológico y/o estoy conforme con mi  identidad de género es: alto o bajo?
  2. ¿La forma como expreso mi género me hace sentir: a gusto o disgusto?
  3. ¿El grado de satisfacción que experimento con mi actividad sexual es: alto o bajo? 
  4. ¿Valoro mi autoestima sexual como: alta o baja?
  5. ¿Acerca de experiencias negativas alrededor de mi desarrollo psicosexual, estuvieron: ausentes o presentes?
  6. ¿El nivel de conocimientos sexuales que me he procurado es: suficiente o insuficiente?
  7. ¿El nivel en que me reconozco libre de prejuicios y mitos sexuales es: alto o bajo?
  8. ¿Para manejar la sexualidad de mi hijo/a o alumno/a, dispongo de herramientas adecuadas: suficientes o insuficientes?
  9. ¿En relación a conflictos o problemas sexuales individuales y/o de pareja, estan: ausentes o presentes?
  10. ¿La motivación para buscar ayuda psicológica y/o sexológica para mejorar mi vida sexual es: alta o baja? 
Las reflexiones sobre las respuestas ofrecidas, permiten detectar mayores fortalezas o debilidades, a favor o en contra de nuestro bienestar sexual y nuestra labor educadora sexual. Si como resultado encontramos más debilidades que interfieren con nuestra calidad de vida sexual y nuestra tarea formadora sexual; podemos motivarnos a superar las barreras del malestar sexual. Tal como han hecho muchos padres, madres y docentes en la actualidad, cuando han reconocido sus conflictos sexuales y han buscado apoyo profesional para reencontrar su equilibrio sexual, empoderándose para educar desde la salud y para la salud, con mayor bienestar sexual.
 
Avanzando hacia una educación sexual consciente.EducacionSexual

Difícilmente podríamos brindar información o educación sexual de calidad; si nuestras actitudes sexuales vienen cargadas de mitos, inseguridad, culpa, ansiedad, vergüenza y displacer con nuestra propia vida sexual, y la que decidimos compartir en pareja. Antes será necesario des-estereotipar y des-mitificar la sexualidad que vivimos, modelamos y enseñamos, re-aprendiendo a percibirla como fuente de enriquecimiento. Luego, será importante afianzar nuestra comprensión de la sexualidad como: 

“… una dimensión fundamental del hecho de ser humano. Basada en el sexo, incluye el género, identidades de sexo y género, orientación sexual, erotismo, vínculo emocional, amor, y reproducción. Se experimenta o se expresa en forma de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, actividades, prácticas, roles y relaciones. La sexualidad es el resultado de la interacción de factores biológicos, psicológicos, socioeconómicos, culturales, éticos y religiosos o espirituales. Si bien la sexualidad puede abarcar todos estos aspectos, no es necesario que se experimenten ni se expresen todos. En resumen, la sexualidad se practica y se expresa en todo lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos”. (Organización Panamericana de la Salud -OPS- y Organización Mundial de la Salud -OMS-, 2000).

Desenredar una sexualidad negativa y perjudicial para entretejer una sexualidad positiva y nutritiva, es posible cuando conocemos ¿De dónde venimos?, ¿Hacia dónde vamos? y cuando Despertamos un mayor nivel de Consciencia sobre nuestra responsabilidad y oportunidad de brindar una educación sexual afectiva, placentera y saludable para las siguientes generaciones. Reconociendo que dentro de cada personalidad reside una condición sexuada con un abanico de posibilidades comunicativas y expresivas en coherencia con el disfrute y el respeto de los Derechos Sexuales.

Sugerencias finales de utilidad: 
A-.Proponerse la superación de las secuelas negativas por haber carecido de una mejor educación sexual.
B-.Comprometerse con levantarse aún con las debilidades y a pesar de las adversidades, aumentando las fortalezas y aprovechando las nuevas oportunidades para una mejor calidad de vida sexual.
C-.Prepararse para ofrecer una mejor educación sexual, contando con suficientes recursos adecuados para contribuir con el equilibrio y el bienestar sexual integral personal, familiar y social.  

Lo anterior, favorecerá nuestra labor constructiva para el saludable desarrollo psico-sexual, tanto en el hogar, como en el aula de clases; donde nuestros mensajes directos e indirectos (palabras, gestos, acciones y omisiones): modelen y enseñen una sexualidad, vivida y para vivir, como fuente de enriquecimiento y bienestar

POR: IDHALY GUZMÁN
Licenciada: Psicóloga Clínica. Máster: Sexóloga. Terapeuta de Parejas y Familias.
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Fuentes Consultadas:
Bianco C., F. y Colaboradores; FLASSES, WAMS y AISM (2014): Manual Diagnóstico en Sexología. Tercera Edición MDS III. Ediciones CIPV Caracas, Venezuela.
OPS y OMS (2000): Promoción de la Salud Sexual. Recomendaciones para la Acción. Actas de una Reunión de Consulta convocada por la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud en colaboración con la Asociación Mundial de Sexología (WAS). Guatemala.
ONU Oficina Regional para América del Sur (2013): Orientación Sexual e Identidad de Género en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Disponible en:
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